Manolo

Conozco mucha gente que odia a sus padres, que ha perdido el trabajo en las distintas crisis que nos han golpeado desde que empezó el milenio, que no encuentra en ningún sitio a su pareja ideal… Tiene que haber gente con mala suerte para que pueda haber gente con buena suerte, por pura estadística. Yo soy uno de esos tipos con suerte.

He tenido muy buenos profesores y alguno regular. No solo en el colegio, también en el resto de sitios. Por ejemplo, en la catequesis había dos profesores: una buena y otro malo. El malo era un cura ceñudo y sádico. A mí me tocó la señorita Fuensanta. Cuando nos aprendíamos las oraciones, o las preguntas que tocaran del catecismo, cosa que solía llevar poco tiempo, nos dejaba cotillear los trastos de la iglesia y luego salíamos a jugar a la calle. Los del cura, sin embargo, agotaban toda la hora y salían mortificados y contritos para el resto de la semana.

Mi mejor profesor fue Manolo, el de la autoescuela.

Manolo era un viejo rockero romántico. Llevaba camisa de cuadros y se peinaba hacia atrás la melena plateada. Tenía un sentido del humor de bar de los finos, y unos ojos grandes y melancólicos que dejaban embelesadas a las alumnas.

Manolo no se ganó mi respeto. Lo tomó.

Un día salvé un perro en la calle del Marqués de Urquijo. Era un jovenzuelo. Se le escapó a una señora mayor y correteaba despistado por la mediana, hasta que salió a la carretera, justo cuando venía el de la L. O sea, yo. Reaccioné de inmediato, pisando el freno a fondo y dejando la mitad de los neumáticos en el asfalto. El resto de coches también frenaron y por fin se salvó el chucho.

Luego yo iba soltando la tensión nerviosa acumulada y dándomelas de héroe, aunque Manolo no decía nada, hasta que por fin lo soltó:

—El perro lo he salvado yo.

—¿Cómo que tú? —dije, sorprendido.

Empecé a repasar mentalmente. Ya sabéis que los coches de autoescuela llevan un juego de pedales para el profesor, y desde allí pueden asistir al alumno cuando lo consideran necesario, embragando, frenando y ¿acelerando? Yo no estaba muy seguro de qué podía hacer Manolo con su juego de pedales, así que me quedé callado mientras lo meditaba. ¿Acaso podría haber anulado mi frenazo, desfrenando o acelerando con sus pedales, y todo en una fracción de segundo?

—Manolo…

—Mira la carretera.

Obedecí.

—Manolo, ¿cómo habrías podido evitar que yo frenara para salvar al perro?

—Diciéndotelo.

Solo puedo especular, después del tiempo. Es muy probable que él viera el peligro mucho antes que yo, y mirase por el retrovisor para ver si venía alguien por detrás, o por los lados, y decidiese por mí que era seguro frenar para salvar al chucho. Quizá ni siquiera fuera yo el que frenó en primer lugar, y desde luego tampoco fui yo quien puso las luces de emergencia para advertir del peligro a los otros conductores.

Ahora estoy seguro de que las cosas que me enseñó Manolo me han salvado muchas veces la vida en la carretera, sin yo siquiera advertirlo. Decía, por ejemplo, que los tíos solíamos ser unos chulos y las mujeres eran mejores conductoras, porque eran más listas y miraban más. Mirar por los espejos era una de sus más valiosas lecciones y en más de una ocasión me ha ahorrado algún disgusto.

El día que aprobé el examen de conducir, junto con otros dos alumnos de la autoescuela, fuimos a celebrarlo tomando una copa. Tal vez fueran dos o tres, no lo recuerdo, pero al fin me enteré del porqué de los ojos tristes de Manolo. El hombre se había separado hacía relativamente poco y llevaba muy mal estar lejos de su hijo. Me lo dijo así: “si alguna vez tienes hijos, no les falles nunca”.

Yo no creo que Manolo hubiera fallado a su hijo. Es imposible. Seguramente había pensado que, ante la separación, su hijo estaría mejor con la madre, ya que las mujeres son más listas y se fijan más.

Una materia la puede aprender uno solo, leyendo o buscando en internet. Pero solo los buenos profesores educan a las personas.

FIN

~Concurso de relatos #MiMejorMaestro

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