La señorita Cloe

Mi amigo Luisín tenía la fantasía de volar. Extendía los brazos en el aire, hinchaba los carrillos y echaba a volar por todo el patio, mientras emitía sonidos de avioneta. Cometía todo tipo de crímenes de guerra, abusando de los más pequeños, e incluso llevaba a cabo pequeñas razias en contra de algunos mayores desprevenidos, que solían acabar en pelea.

A mí me parecía que no iba a ningún lado con aquellas hostilidades. Además, siempre estaba babeando y moqueando, cosa que me parecía indigna para un oficial de alto rango como él. Así que decidí ayudarle a cumplir su sueño.

Aprovechando un descuido de Doña Marta, que era la carcelera del recreo, nos deslizamos por el pasillo y, esquivando a las señoras de la limpieza, nos colamos en la clase de 3º, en el primer piso, y salimos a la terraza. Era un día espléndido, muy adecuado para la navegación aérea y para estampar la firma de Luisín en el libro de las grandes proezas.

Saqué de la faldriquera unas gafas de bucear que había traído de casa mientras Luisín se quitaba el babi y se lo ponía al modo de las alas de Ícaro, como yo había visto en una ilustración.

Según se iba acercando la hora del despegue, parecía que Luisín se asomaba por el balaustre y guiñaba los ojos en un gesto de indecisión. O a lo mejor era porque no veía bien con las gafas. El caso es que comenzó a recular. Nos había costado mucho eludir la vigilancia de Doña Marta y, después de todo, aquel era el sueño de Luisín, así que yo no podía permitir que se desechara la oportunidad. Tenía que ayudarle a hacer su sueño realidad. Como primera medida, le ayudé a subirse a horcajadas al pasamanos. Él se resistía y pataleaba. No quería ser un piloto de fama inmortal, el muy zafio.

En ese momento, apareció la señorita Cloe y, a pesar de mis protestas, apoyó la actitud cobarde de mi amigo y zanjó la discusión poniendo su mejor cara de determinación.

La señorita Cloe era mi favorita, aunque en muchas ocasiones no coincidiesen nuestras posturas, como acabo de poner de manifiesto. Tenía unas gafas negras, gordas, que le hacían una cara muy fea, y así se lo expresé varias veces, aunque ella era muy bonita cuando se quitaba aquellas gafas para frotarse los ojos.

La señorita Cloe tuvo mucha paciencia para enseñarme los números y las letras. A mí solo me gustaban los dibujos y poco me importaba si las peras comenzaban por P, o si se representaba más o menos cantidad de perros que de gatos. También era mi salvaguarda frente a otras profesoras y empleados de la guardería. Por ejemplo, impedía que Casimiro, el bedel, me atizara capones en la cola del comedor. Él insistía en que yo empujaba y creaba caos, pero no era cierto. Es que tenía siempre mucha hambre y cuando había albóndigas, las husmeaba en el aire y me ponía algo impaciente. Eso es lo que le explicaba la señorita Cloe a aquel bruto bigotudo.

En otra ocasión, al año siguiente, me escondí con mi amiga Lorena en la terraza trasera de 2º, porque era el único sitio donde nos dejaban en paz para jugar a lo que nos gustaba: médicos y enfermeras. En realidad, Lorena siempre hacía de paciente y yo era el practicante. También era investigador y había desarrollado todo tipo de vacunas y remedios para las enfermedades que pugnaban por tomar el control del cuerpo de mi buena amiga. He de reconocer que era un engorro administrar todos aquellos remedios en pleno invierno, ya que Lorena tenía que quitarse el abrigo, los leotardos, el fajín y las bragas, y a veces las bragas dobles que llevaba los días de mucho frío.

El día que recuerdo, nos echó la vista encima Doña Marta, que tenía ojo de halcón y nos descubrió desde un esquinazo del patio. Yo no sé qué gritaba, pero parecía muy alterada. Le administré a Lorena su buena dosis de penicilina y le dije que ya podía vestirse. En esas estábamos cuando apareció Doña Marta, flanqueada por Casimiro. Ella se encargó de Lorena, dándole azotes y pellizcos, enrojeciendo sus blancas carnes. Yo traté de advertirle que aquel tratamiento no era adecuado para las dolencias de mi paciente, pero el bestia de Casimiro me cogió por la patilla y tiró hacia arriba, hacia arriba, dirigiendo mis pasos a un oscuro rincón de la clase de 2º, donde se desahogó abofeteando mi juvenil rostro.

La señorita Cloe apareció por la puerta y presenció aquella terrible injusticia. Es la única que vez que le vi perder la compostura. Le dio el alto al bedel y le apartó de un empujón, liberándome al fin del cruel castigo. El muy bribón se fue riéndose para dentro, y escocido de tanto pegarme. La señorita Cloe me cogió de la mano y me llevó hecho un ecce homo a la clase, protegiéndome de la burlona mirada de los niños que se habían congregado al olor de la sangre. Allí, toda la rabia que tenía dentro se desató y me puse a llorar. La señorita me dijo que yo no había hecho nada malo. Yo le respondí que ya lo sabía, porque había salvado la vida de mi amiga Lorena gracias a la penicilina.

Más tarde, antes de irme a casa, me condecoró con una medalla de cartón que todavía conservo, con la inscripción “Campeón de la Verdad”. La guardé porque tenía muchos colores y estaba muy bien recortada.

La semana pasada se jubiló la señorita Cloe y le hicieron una fiesta en la clase de mi hija mayor. Al despedirse me dijo, como otras veces, que yo había sido su mejor alumno. No lo tengo tan claro, pero ella sí que fue mi mejor profesora, la que mejor me entendió y me acompañó mientras aprendía.

FIN

~Concurso de relatos #MiMejorMaestro

Manolo

Conozco mucha gente que odia a sus padres, que ha perdido el trabajo en las distintas crisis que nos han golpeado desde que empezó el milenio, que no encuentra en ningún sitio a su pareja ideal… Tiene que haber gente con mala suerte para que pueda haber gente con buena suerte, por pura estadística. Yo soy uno de esos tipos con suerte.

He tenido muy buenos profesores y alguno regular. No solo en el colegio, también en el resto de sitios. Por ejemplo, en la catequesis había dos profesores: una buena y otro malo. El malo era un cura ceñudo y sádico. A mí me tocó la señorita Fuensanta. Cuando nos aprendíamos las oraciones, o las preguntas que tocaran del catecismo, cosa que solía llevar poco tiempo, nos dejaba cotillear los trastos de la iglesia y luego salíamos a jugar a la calle. Los del cura, sin embargo, agotaban toda la hora y salían mortificados y contritos para el resto de la semana.

Mi mejor profesor fue Manolo, el de la autoescuela.

Manolo era un viejo rockero romántico. Llevaba camisa de cuadros y se peinaba hacia atrás la melena plateada. Tenía un sentido del humor de bar de los finos, y unos ojos grandes y melancólicos que dejaban embelesadas a las alumnas.

Manolo no se ganó mi respeto. Lo tomó.

Un día salvé un perro en la calle del Marqués de Urquijo. Era un jovenzuelo. Se le escapó a una señora mayor y correteaba despistado por la mediana, hasta que salió a la carretera, justo cuando venía el de la L. O sea, yo. Reaccioné de inmediato, pisando el freno a fondo y dejando la mitad de los neumáticos en el asfalto. El resto de coches también frenaron y por fin se salvó el chucho.

Luego yo iba soltando la tensión nerviosa acumulada y dándomelas de héroe, aunque Manolo no decía nada, hasta que por fin lo soltó:

—El perro lo he salvado yo.

—¿Cómo que tú? —dije, sorprendido.

Empecé a repasar mentalmente. Ya sabéis que los coches de autoescuela llevan un juego de pedales para el profesor, y desde allí pueden asistir al alumno cuando lo consideran necesario, embragando, frenando y ¿acelerando? Yo no estaba muy seguro de qué podía hacer Manolo con su juego de pedales, así que me quedé callado mientras lo meditaba. ¿Acaso podría haber anulado mi frenazo, desfrenando o acelerando con sus pedales, y todo en una fracción de segundo?

—Manolo…

—Mira la carretera.

Obedecí.

—Manolo, ¿cómo habrías podido evitar que yo frenara para salvar al perro?

—Diciéndotelo.

Solo puedo especular, después del tiempo. Es muy probable que él viera el peligro mucho antes que yo, y mirase por el retrovisor para ver si venía alguien por detrás, o por los lados, y decidiese por mí que era seguro frenar para salvar al chucho. Quizá ni siquiera fuera yo el que frenó en primer lugar, y desde luego tampoco fui yo quien puso las luces de emergencia para advertir del peligro a los otros conductores.

Ahora estoy seguro de que las cosas que me enseñó Manolo me han salvado muchas veces la vida en la carretera, sin yo siquiera advertirlo. Decía, por ejemplo, que los tíos solíamos ser unos chulos y las mujeres eran mejores conductoras, porque eran más listas y miraban más. Mirar por los espejos era una de sus más valiosas lecciones y en más de una ocasión me ha ahorrado algún disgusto.

El día que aprobé el examen de conducir, junto con otros dos alumnos de la autoescuela, fuimos a celebrarlo tomando una copa. Tal vez fueran dos o tres, no lo recuerdo, pero al fin me enteré del porqué de los ojos tristes de Manolo. El hombre se había separado hacía relativamente poco y llevaba muy mal estar lejos de su hijo. Me lo dijo así: “si alguna vez tienes hijos, no les falles nunca”.

Yo no creo que Manolo hubiera fallado a su hijo. Es imposible. Seguramente había pensado que, ante la separación, su hijo estaría mejor con la madre, ya que las mujeres son más listas y se fijan más.

Una materia la puede aprender uno solo, leyendo o buscando en internet. Pero solo los buenos profesores educan a las personas.

FIN

~Concurso de relatos #MiMejorMaestro